Me senté en la silla azul
que estaba delante del escritorio y él en la punta de la cama. No sabía qué
hacer o que preguntar, así que recordé las fotografías que la pared y pregunté
si el niño solitario era él. Adrián asintió con la cabeza, simplemente. Me
levanté y me senté a su lado, para cogerle la mano y obligarle a que me mirase.
Con los ojos tristes y su mano cogida a la mía, me explicó.
(Años atrás):
Cuando era pequeño,
Adrián, viajó desde Galicia hasta Cataluña con sus padres. En el trayecto, él
miraba por la ventada y no se dio cuenta que sus padres habían bajado del
avión. Se quedó dormido hasta que una azafata lo despertó con una sonrisa y
preguntó por sus padres. Él al no verlos por ningún lado, lloró y lloró. La
joven azafata pensó que sus padres estarían en el aeropuerto, pero lo que ella
no sabía es que sus padres querían deshacerse del niño. Buscó durante horas a
los padres, con Adrián cogió de la mano pero nada. Nadie conocía al niño
gallego. Como que su trabajo como azafata había terminado por esa temporada, decido
hacerse cargo del niño. Lo cuidó y mimó, lo llevo a la escuela, donde conoció a
sus amigos de ahora, pero no todo sería de color rosa. La pobre azafata no
tenía dinero para continuar alimentando al niño y lo dio en adopción. Por
suerte, Adrián entró en una casa con dinero. En esta casa vivían una dulce
pareja, amigos de la azafata, y su hijo, Alex, unos años mayor que Adrián.
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